Los inicios del siglo XX fueron una época de grandes descubrimientos y avances en química. Los científicos desentrañaban los secretos de los compuestos presentes en la naturaleza y empezaban a sintetizar nuevas sustancias en el laboratorio. En Suiza, una compañía farmacéutica, Sandoz, se había establecido como pionera en la química médica.
En su laboratorio de Basilea, los químicos trabajaban arduamente manipulando compuestos derivados del hongo del cornezuelo para crear nuevos fármacos. En la década de 1930, Sandoz contrató a un joven y talentoso químico llamado Albert Hofmann para que se uniera a su equipo. Poco se imaginaban que esta nueva incorporación pronto realizaría uno de los descubrimientos más profundos y fortuitos de la historia de la ciencia psicodélica.
Primera síntesis del LSD
Albert Hofmann empezó a trabajar para Sandoz en 1929, cuando tenía tan solo 23 años. Se incorporó a un grupo de químicos encargados de sintetizar y probar derivados del cornezuelo. Por aquel entonces, Sandoz buscaba nuevos fármacos que desarrollar a partir de estos compuestos de partida.
En noviembre de 1938, cinco años después del inicio de su carrera en Sandoz, Hofmann sintetizó por primera vez una sustancia química que más adelante se conocería como dietilamida del ácido lisérgico, o LSD. Era el 25.º nuevo derivado del cornezuelo que había sintetizado, por lo que se etiquetó como LSD-25.
El proceso consistía en combinar ácido lisérgico extraído del cornezuelo con dietilamida para crear la nueva molécula LSD-25. Cuando Hofmann la creó por primera vez, supuso que se trataba de otra sustancia química poco interesante. Su estructura era similar a la de la noradrenalina y a la de los estimulantes ya conocidos por aquel entonces.
El LSD-25 quedó básicamente arrinconado tras ser sintetizado y registrado en el cuaderno de laboratorio de Hofmann. No se le realizaron pruebas farmacológicas especiales al compuesto, ya que se daba por hecho que era psicológicamente inactivo y no merecía mayor investigación.
Esta falta de intuición inicial muestra hasta qué punto el descubrimiento posterior de Hofmann fue un completo accidente. Si Hofmann hubiera sabido entonces lo que averiguaría cinco años después, el LSD probablemente habría sido estudiado intensamente desde el principio.
Pero en 1938 quedó catalogado como uno de tantos derivados del cornezuelo levemente estimulantes que Sandoz había creado. El mundo seguiría sin conocer sus propiedades psicodélicas hasta 1943, cuando Hofmann volvería a sintetizar y a ingerir fatídicamente el LSD-25.
El verdadero potencial del compuesto de Hofmann no se desvelaría hasta que esta resíntesis casual y la valiente autoexperimentación dieran a luz a la era psicodélica.

El fatídico paseo en bicicleta y el primer viaje
Tras sintetizar el LSD-25 en 1938, pasaron cinco años sin que se le prestara especial atención ni se investigara la nueva sustancia. Pero en 1943, intrigado por una corazonada, Hofmann volvió a sintetizar el compuesto.
Mientras trabajaba con el LSD-25, absorbió por accidente una pequeña cantidad a través de las yemas de sus dedos. Al llegar a casa desde el laboratorio, Hofmann experimentó sensaciones extrañas y distorsiones visuales. Al darse cuenta de que podía tratarse de un efecto de la sustancia química, decidió tomar una dosis mayor para confirmarlo.
El 19 de abril de 1943, Hofmann ingirió de forma deliberada 250 microgramos del LSD que había resintetizado. Pronto se embarcaría en lo que se convertiría en el primer viaje de ácido intencionado del mundo.
Hofmann empezó a sentirse desorientado y angustiado en su trayecto en bicicleta desde el laboratorio a casa, cuando el LSD comenzó a hacer efecto. Fue la primera experiencia psicodélica completa y planificada inducida por la sustancia.
Describió brillantes colores caleidoscópicos y distorsiones corporales surrealistas. A veces aterrado, otras veces fascinado, el propio Hofmann había desvelado las místicas capacidades psicodélicas del LSD-25.
Después de probar deliberadamente su creación, Hofmann supo que había descubierto algo increíblemente potente y capaz de alterar la mente. Una sustancia con el poder de transformar profundamente la conciencia, distinta a todo lo conocido hasta ese momento.

Las primeras investigaciones sobre el LSD
Hofmann informó inmediatamente a sus colegas de Sandoz sobre su experiencia mística inducida por el LSD-25. Aunque al principio mostraron recelo, pronto se dieron cuenta de la trascendencia de este descubrimiento.
Sandoz empezó a probar el LSD en animales, observando su capacidad para alterar de forma drástica el comportamiento de varias especies. A continuación llegaron los ensayos con sujetos humanos, entre ellos pacientes psiquiátricos y profesionales.
Estas primeras pruebas mostraron que el LSD podía inducir cambios potentes en la imaginación, las emociones y la percepción sensorial. Incluso dosis minúsculas producían efectos distintos a los de cualquier otro agente farmacológico.
Basándose en estas pruebas, Sandoz decidió comercializar el LSD como un fármaco psiquiátrico con el nombre de «Delysid». Se vendió a investigadores y psicoterapeutas como complemento de la terapia a lo largo de la década de 1940 y entrada la década de 1950.
También se extendió entre psiquiatras y psicoterapeutas la noticia de las singulares cualidades psicotrópicas del LSD para potenciar los tratamientos. Los primeros artículos elogiaban su capacidad para «modelar» temporalmente las enfermedades mentales e inducir avances terapéuticos.
Aunque Sandoz esperaba mantener el LSD como un fármaco de investigación estrictamente controlado, su mística fue filtrándose poco a poco al mundo en general, preparando el terreno para la revolución psicodélica.

El LSD se extiende por el mundo
A principios de la década de 1950, la noticia de las capacidades expansoras de la conciencia del LSD se fue extendiendo gradualmente más allá de los círculos psiquiátricos, llegando a los ámbitos gubernamentales y a la contracultura.
Grupos como la CIA se interesaron por el LSD y lo probaron para experimentos de control mental e interrogatorios militares. Al mismo tiempo, autores y profesores como Timothy Leary, Ken Kesey y Aldous Huxley accedieron a la sustancia.
Estas figuras de la contracultura comenzaron a ensalzar la capacidad del LSD para «encender» la mente, desafiar el pensamiento convencional y desbloquear la creatividad. El LSD se filtró desde entornos de investigación estrictamente controlados hasta el uso recreativo.
En la década de 1960, el LSD se había convertido en una droga emblemática del movimiento antibelicista y de la revolución psicodélica. El creciente uso recreativo trajo consigo una publicidad negativa y una reacción adversa. En 1970, el LSD fue prohibido a nivel federal y clasificado como sustancia ilícita.
Aunque el genio psicodélico ya había salido de la botella, la investigación y el acceso quedaron estrictamente limitados durante décadas. Pero unos pocos, como Hofmann, siguieron defendiendo el uso seguro y responsable del LSD.

Los últimos años de Hofmann y el renacer de la ciencia psicodélica
Incluso ya con 70, 80 y 90 años, Albert Hofmann siguió defendiendo que el LSD podía proporcionar experiencias significativas si se manejaba con prudencia. Reclamaba un enfoque más sensato y mesurado en la investigación sobre las drogas psicodélicas.
Justo antes de su 100.º cumpleaños, en 2006, Hofmann vio los inicios de un renacimiento de la ciencia y la terapia psicodélicas. Las instituciones de investigación volvían a explorar los usos médicos del LSD y de compuestos similares.
Cuando murió, a los 102 años en 2008, ya se habían publicado varios estudios prometedores sobre el LSD. Los primeros ensayos mostraban el potencial del LSD para ayudar en casos de ansiedad, adicción y cefalea en racimos en entornos supervisados.
Este renacimiento continúa hoy, mientras nuevas generaciones de investigadores psicodélicos siguen los pasos de Hofmann. Los estudios controlados con LSD están ayudando a desentrañar los misterios de la conciencia y el potencial sanador de los estados alterados.
Más de 75 años después de su descubrimiento inicial, la investigación sobre el LSD ha cerrado el círculo gracias a pioneros como Hofmann, que reconocieron las inmensas capacidades de esta poderosa sustancia cuando se maneja con sabiduría.

